A la hora de presentar una idea resulta fundamental ser capaces de plantear y resolver un buen número de preguntas interesantes. Las primeras de ellas permiten concebir y plantear la comunicación, desde el principio, de una manera correcta: ¿a quién nos dirigimos?, ¿qué pretendemos transmitir; es decir, cuál es la idea central? y ¿qué finalidad tiene nuestra presentación? Son los interrogantes de partida. Una vez definidas claramente estas respuestas, podremos hacer presentaciones sólidas, eficaces y atractivas, definiendo a continuación el cuándo, el dónde y el cómo llevaremos a cabo esa puesta en común.

Algunas cuestiones clave

La inclusión de preguntas agradables no es solo una técnica oratoria que despierta el interés y engancha a los oyentes, sino también una fórmula imprescindible para reforzar el dominio y la seguridad del orador durante la preparación de su discurso. Así, resulta imprescindible analizar cuestiones como estas:

· ¿Qué tiene de original esta idea? ¿En qué se parece a lo que el público ya cree? ¿Y qué le diferencia del resto?

· ¿Cómo debo ordenar mis ideas para que resulten más claras? Y, siguiendo la conocida máxima oratoria del coronel: ¿cómo puedo anticipar lo que voy a decir y cómo puedo recordar al final de mi presentación lo que ya he dicho?

· ¿De qué modo puedo acompañar mi exposición con ideas objetivas convincentes? ¿Cómo llegaré al corazón y persuadiré a mis oyentes a través de la afectividad? Y, por supuesto, ¿cómo haré más entretenida mi presentación?

Dado que al público le encantan las historias humanas, entre las preguntas agradables que podemos plantearle figuran cómo le cambió la vida a alguien nuestra idea, por qué interesa al público, qué limitaciones podemos superar gracias a ella o qué historia humana demuestra ese concepto.

Y, desde luego, entre las prestaciones más agradables de una comunicación está conseguir que nuestro interlocutor se pregunte: ¿cuándo volvemos a vernos?